RECUPERADO DE: NÓMADA
Son
las 2:35 p.m. y el Centro Histórico de la Ciudad de México está a reventar de
vehículos en cada una de sus calles. El calor penetra el cuerpo metálico del
taxi color rosa y blanco en donde viajo. Avanza rápido el taxímetro. Intento
conversar un poco con José Luis, el conductor. Ya entrado en confianza, a unas
cuadras de mi destino, no le importa sacar la cabeza en una esquina y lanzarle
unos “piropos” a dos mujeres que caminan.
Las Hijas de la Violencia, la colectiva mexicana que se plantó
ante el acoso callejero con pistolas de confeti.
FOTO: PEP BALCÁRCEL
“Qué
piernas”, le grita a dos chavas; una de ellas, la que alcanzo a ver, lleva un
short corto de tela de jeans. Sólo continúa su camino. Se pierde entre la masa
de gente mientras José Luis voltea, como buscando aprobación, y ante mi
silencio, dice: “Es que hay unas morras… y ellas
dos, ¿las vio?”.
Lo
que acaba de hacer le parece normal. Tampoco lo considera como violencia. El
acoso callejero está normalizado en esta sociedad patriarcal. En nuestro país
es común. Por eso no es raro, por ejemplo, entrar al sitio web del
Observatorio Contra el Acoso Callejero en Guatemala (Ocac), leer algunos de los
testimonios y haber vivido esa imagen en algún momento.
En
2011, el Instituto Nacional de Geografía de México realizó la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los
Hogares. El documento, que buscaba evidenciar la frecuencia y
magnitud de la violencia que a diario viven las mujeres, presentó el siguiente
dato: El 31.8 por ciento de las entrevistadas, desde 15 años, dijo haber sido
víctima de alguna agresión pública.
El
vehículo se detiene en un parque. Camino un poco. Al fondo se escucha música;
sale desde un pequeño local cuya entrada está decorada con una vagina de no más
de dos metros. Dentro, lo primero que puedo observar son cuatro mesas en las
que venden stickers con
alusiones feministas. Una de estas tiene la imagen de Chihiro, la niña que
protagoniza una de las obras maestras del dibujante de mangas y productor de
cine Hayao Miyazaki. Ella, durante la película, debe adentrarse en el reino de
los espíritus para rescatar a sus padres, que se han convertido en cerdos. Las personajes de Miyazaki rompen con el cliché de la princesa
que debe ser rescatada; son valientes, fuertes, decididas.
“Fight
like a girl – Chihiro Ogino”, reza el sticker con una
ilustración de la heroína.
Punto
Gozadera, donde me encuentro, es un restaurante bar cultural. En su página de Facebook explican
que es un espacio para “aprender, comer, debatir, beber y gozar”. Está decorado
con frases, carteles y fotografías sobre la lucha por la igualdad.
Ironías de la vida. José
Luis, el taxista, me llevaba a un establecimiento feminista, donde voy a
entrevistar a Las Hijas de Violencia, la colectiva que se volvió viral luego de
un video de AJ+ en el que muestran cómo se plantan ante el acoso callejero, con
pistolas de confeti.
El guión del acosador: así se vive el machismo
Las
Hijas de Violencia son una colectiva integrada por tres chavas: Karen, Beatriz
y Betzabé. Empezaron en 2013. Como las Pussy Riot, utilizan el punk para hacer
conciencia. También el performance. Aunque quizá, luego de platicar con ellas;
entendí que va más allá de un cambio de comportamiento en la sociedad: su
postura es más bien la de responder a una sociedad que ha normalizado el
machismo y la violencia contra la mujer. En México, de hecho,dos de cada tres mujeres han sufrido por violencia de género.
Luego de terminar el
taller de baile sin roles, las Hijas de Violencia salen para la entrevista. Nos
sentamos afuera, en el parque, y la entrevista comienza con una pregunta
cliché, por qué y cuándo surgieron.
A finales de 2013, Karen
y Beatriz buscaron realizar una obra de teatro; querían presentar el problema
del acoso. Uno que no es sólo del contexto mexicano; es algo que sucede en todo
el mundo y que, para muchos, es completamente normal. Y, además, cotidiano.
“Todas las mujeres, alguna vez han sido acosadas en la calle, por hombres; es
sistemático”. Pero sólo llevarlo a las tablas no hubiese sido suficiente; por
eso decidieron intervenir directamente en las calles. Ponerle un alto.
“A todos nos sorprende
el feminicidio, la violencia doméstica (…) el acoso también es un tipo de
violencia”, me dicen. Y sí, como luego dice Beatriz, “si te puedo gritar, te
puedo tocar, si te puedo tocar, te puedo violar”. Es una ventana; la que abre la
puerta de la desigualdad. Y es, además, algo que hasta cierto punto es aceptado
socialmente.
La obra mutó a un
híbrido. A un performance. A una canción punketa. A pistolas de confeti. A una
respuesta, porque el acoso, es parte de un guión.
Una mujer camina por la
calle. Un hombre la ve. Le grita, la insulta, la objetiviza. Ella responde a lo
lejos o simplemente sigue su camino. El tipo completa su objetivo; que es el
silencio o a una tímida respuesta por parte de su víctima. Un juego de roles,
preestablecido, machista, desigual.
Pero es algo tan
frecuente, que hasta una taquería de Guatemala se promovió hace poco, en
Twitter, con el hashtag #PiroposNacos. Queriendo comprenderlo un poco, le
escribí a Lidia Guerra, directora general del Ocac.
Una violencia fundamentada en relaciones desiguales
En
2015, en junio, en medio de todas las protestas ciudadanas, la activista Lidia
se topó con la siguiente noticia: “Para escapar de acosadores se tiran de
puente”, decía el titular del diario Siglo 21. Enterarse
que dos hermanas y su tía fueron perseguidas por hombres que decían que iban a
violarlas, y que la única solución fue lanzarse a una posible muerte -porque
afortunadamente no murieron- provocó algo en ella. Encontró apoyo en la Ocac
Chile y así surgió la nueva organización en Guatemala.
Entender
que un tipo de violencia sea algo cotidiano sorprende. Porque no es exclusivo
de Latinoamérica; se vive incluso en grandes ciudades como Nueva York. Para la directora de Ocac en el país, “se
fundamenta en las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, el
hombre considera tener el poder sobre el cuerpo de la mujer, cree que es un
objeto de placer que puede poseer y por esto, lo ve, lo juzga, lo comenta, lo
solicita sexualmente, lo toca y lo violenta”. Coincide con las Hijas de
Violencia, quienes lo consideran como esa simetría de géneros, ese sentirse
superior de los “machos”.
A los hombres, con todos
nuestros privilegios, en muchas ocasiones nos educaron bajo un orden
patriarcal. En el que parte de nuestra “masculinidad” se encuentra gritarle
cosas a las mujeres en la calle, verlas como si fueran un objeto sexual. Ese
mismo sistema es el que enseña a las mujeres a “cuidarse” y “aprender” a
vestirse. “Para que no nos violenten en la calle”, lamenta la activista Guerra.
Y sin reconocer que el
acoso es violencia callejera, estamos lejos de un cambio.
Pistolas de confeti y punk: no es violencia, es una respuesta
Cuando
conversamos con Las Hijas de Violencia me sorprendió escuchar la poca
importancia que se le da a diferentes tipos de agresión contra mujeres. También
que me contaran que, dos días antes de reunirnos, no pude encontrarlas en su
página de Facebook porque tuvieron que ocultarlo debido a las constantes
amenazas. De hecho, en enero de este año, el hashtag#ViolaUnaLesbiana fue trending topic en México.
Ser
feminista en Latinoamérica puede ser peligroso. Incluso, por seguridad, Karen
me dice que no coloque sus nombres completos; ellas no sólo han sufrido el
acoso callejero y digital, este último como el linchamiento al que fue sometida
la presentadora de Canal Antigua Diana
Guerra, cuando el año pasado filtraron fotos íntimas suyas; las amenazas, de
muerte, de violación. Amenazas que demuestran que Ricardo Arjona está más que
equivocado cuando dice: “ustedes con el feminismo, nosotros con el machismo”.
Por eso, Las Hijas de
Violencia dicen que con su proyecto, el performance, punk y pistolas de confeti
no buscan educar a los hombres para que dejen el acoso. Es algo que debemos
hacer nosotros al cuestionar nuestra masculinidad. Lo que buscan es plantar una
respuesta; destruir ese guión preestablecido y alterar el orden que dicta la
desigualdad.
“Porque los hombres
esperan que nos quedemos calladas”. Su respuesta ante el acoso puede verse en
este video, que se volvió viral en pocos días, de AJ+.
Lidia Guerra coincide con ellas, en la necesidad de actuar. “(Las
mujeres) deben apropiarse de su cuerpo, reconocerlo como su territorio y a las
únicas que les pertenece es a ellas mismas; por lo que son ellas las que toman
las libertades para decidir su estilo de vida incluyendo su forma de vestir y
andar por los espacios públicos. En la medida que las mujeres se apropien de su
cuerpo sentirán la seguridad necesaria para exigir respeto y alto a la
violencia contra sus cuerpos”, afirmó en un correo electrónico.
“Lo que hacemos puede
verse como algo violento”, dice la colectiva; pero no lo es, se trata de una
respuesta. Algo necesario para acabar con la misoginia.
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